Colectivos urbanos y transporte.
Solamente
reproducimos lo de Daniela Villotti y Jorge
Sánchez de la UTN-TRANSPORTE. En Argentina lo
“natural” es que las ciudades de más de 80.000 habitantes operen servicios de
transporte público, como también que no lo tengan las localidades menores a
20.000 habitantes. Junín, Buenos Aires, con 90.000 habitantes, y San José, en
Misiones, con 6000, son algunas excepciones: Junín no tiene servicios de
transporte público interno y San José sí. El
tema se torna gris en las ciudades intermedias, donde puede que nunca hayan
existido servicios, donde los hubo pero en algún momento dejaron de prestarse o
donde todavía operan. Lo que parece natural es que el transporte público, de
existir, languidezca en la casi totalidad de ellas. Sin embargo, la demanda por
una mejora (o una vuelta) del transporte existe en muchas de estas ciudades y
sus autoridades, casi invariablemente, declaran que se debe contar con
servicios al alcance de aquellos que no tienen otra alternativa para viajar. La
historia reciente del transporte público en estas ciudades de porte medio es
casi siempre la misma: caída en la cantidad de pasajeros; recorridos de los
colectivos extremadamente tortuosos (no es raro en un mismo viaje pasar dos
veces por un mismo lugar); tarifas que rondan los 5,50/6,50 pesos, muy superior
a las de Buenos Aires, y una proporción creciente de pasajeros subsidiados
(estudiantes y jubilados), cuando no franquiciados. En el panorama cotidiano
abundan los colectivos casi vacíos donde rara vez se puede ver algún pasajero
de pie en las horas pico. A Junín se le pueden adicionar un gran número de
ciudades que perdieron sus servicios de colectivos desde los años ‘90: Bell
Ville (35.000 habitantes), Cañada de Gómez (30.000), Chacabuco (39.000),
Clorinda (54.000), Ledesma (47.000), Monte Caseros (25.000), 9 de Julio
(37.000), San José de Metán (29.000), San Pedro de Jujuy (60.000), Tres Arroyos
(48.000), Zapala (33.000), entre otras muchas. La lista se podría engrosar
mucho más si se le agregaran las ciudades que hoy tienen problemas para
continuar con sus servicios. Hasta hace pocos años los estudios sobre
transporte público urbano sostenían que este era el transporte de los grupos de
menores ingresos, el seguro de viaje de los que no tenían otra alternativa ya
que no poseían automóvil y el precio de los servicios de taxis/remises estaba
fuera de su presupuesto. Se postulaba que mejorar el transporte público era
hacer distribución progresiva del ingreso ya que la tenencia de automóviles era
algo restringido a grupos de medios/altos ingresos. Así, comprar un auto era un
incentivo para dejar el transporte público con lo que, de esta manera,
presentaba ciertas características de “bien inferior”.En ese marco de rechazo
al transporte público, este recibió un primer gran golpe en los ‘90 con la
popularización del remis, que emergió
como otro refugio laboral frente a la fuerte pérdida de empleo que se
verificaba y que floreció compitiendo directamente con el colectivo en una
práctica ilegal que se conoció como “al boleto”, acercándose a las paradas de
los ómnibus y ofreciendo servicios para más de un pasajero al precio individual
del colectivo. Y así, producto de la crisis, en varias ciudades se perdió el
sistema de transporte público. La Rioja fue un ejemplo de ello entre 1997 y
1998 y entre 2001 y 2002, cuando rondaba los 140.000 habitantes. Sin embargo,
el transporte público seguía siendo importante en el desplazamiento cotidiano
de las personas, al punto que en 2002, y con el fin de evitar subas tarifarias
que atentaran contra el salario disponible de los usuarios, el Estado Nacional
implementó dos compensaciones tarifarias a las empresas operadoras de servicios
de transporte público urbano de todo el país y que continúan hasta hoy. La
importancia de estos subsidios, que continuaron creciendo en el tiempo, es tal
que hoy explican no menos del 60 por ciento de los ingresos totales de los
operadores. Con posterioridad a la crisis de 2001/2002, y de la mano del
crecimiento general de los ingresos individuales, las ciudades experimentaron
un fuerte proceso de motorización: de un promedio de ventas de nuevos
automóviles de algo más de 300.000 por año entre los ‘90 y 2003, se pasó a una
media de más de 600.000 anuales de 2004 a 2013, duplicándose el parque desde
unos 4,5 millones de autos a más de 9 millones. Este crecimiento fue acompañado
por otro aún más explosivo y especialmente importante en el transporte
individual de los sectores de menores ingresos de las ciudades del interior: en
esos mismos períodos la venta de motos 0 km creció desde unas 60.000 anuales a
más de 550.000. Más autos y motos impactaron negativamente en la demanda de
servicios de colectivo y mucho mayor fue ese impacto cuantas más facilidades de
circulación y estacionamiento hubiera, lo que es usual en ciudades de porte
medio. Al mismo tiempo se intensificó la improvisación irracional en los
recorridos de los colectivos, con lo que aumentó el tiempo de los viajes. ¿Y
esto por qué? Por un lado, por pedidos de los funcionarios respondiendo a
demandas de sociedades de fomento, centros de jubilados, etc., para que estas
sean un punto más en los recorridos de las líneas. Por otro, por pedidos de las
mismas empresas buscando una mayor penetración en los barrios aun a costa de
hacer permanentes “rulos”. De esta forma, las distancias directas de viaje
entre un origen y un destino se pueden duplicar haciéndolas en colectivo a lo
que hay que sumarle que si dos personas viajan juntas pagan menos, cada una, en
remis que en colectivo, y tardan mucho menos. Queda algo más que complica la
situación: los grupos de pasajeros subsidiados y franquiciados, tan comunes en
los transportes públicos. El precio del boleto surge de distribuir el costo de
producción de los servicios entre los pasajeros del sistema, a lo cual se le
descuentan las compensaciones que efectúa el Estado Nacional. Cuantos menos
pasajeros haya, mayor será la tarifa resultante, lo que explica el mayor precio
que se paga en todas las ciudades respecto a Buenos Aires. Si parte de estos
pasajeros son subsidiados y/o franquiciados esto significa que su parte no
pagada es soportada por el pasajero de tarifa plena ya que, salvo excepciones,
no son los gobiernos locales los que cargan con estos subsidios. Y esto opera
como un desincentivo más para el pasajero no subsidiado al cargar con parte del
costo de los pasajeros especiales. Por estas causas el transporte público
languidece en las ciudades de porte medio. En algunas es común proponer
municipalizar el sistema, lo que implica trasladar la languidez al erario
municipal sin salir del círculo vicioso de la pérdida de pasajeros. Si hay
muchas ciudades sin transporte público desde hace décadas es claro que muchas
otras podrían caer en la misma situación. No cabe duda de que ya no rige
plenamente el postulado de que el sistema de transporte público es la base de
la movilidad de los ciudadanos de menores ingresos mientras que sí lo es para
algunos grupos específicos, como jubilados, menores de edad y los que no llegan
a acceder a un vehículo propio (pero que cada vez son menos). ¿Deben contar con
servicio público de transporte estas ciudades medianas con extensiones
urbanizadas de unos 6/8 kilómetros? Si la respuesta es afirmativa entonces el
transporte debe ser parte de una política integral de movilidad que incluya a
la circulación, a los estacionamientos, a la jerarquización de la red vial, sin
que “todos los recursos invertidos en el sistema vial privilegien al
automóvil”, como afirmó Eduardo Vasconcellos en la entrevista realizada el 15
de junio por Página/12. Si una ciudad quiere tener transporte público entonces
“toda la ciudad” debe afrontarlo sabiendo que habrá perjudicados y
beneficiados. Algunas ciudades lo intentan, con mayor o menor éxito. Por
ejemplo, Tandil, que implementó el Sistema Unico de Movilidad Ordenada. En
estos casos habría que pensar que el transporte público, en tanto una porción
de la movilidad, debe ser un “costo ciudad” donde todos aporten para su
existencia. De lo que se trata es de tener más pasajeros para que el precio de
los boletos se reduzca, con servicios de buena calidad, confiables, predecibles
y racionales en sus recorridos. Su implementación no es fácil ni tiene apoyo
generalizado de la población. Pero en ciudades de porte medio, contar con
servicios públicos de transporte público sostenibles en el tiempo solo es
posible encareciendo el uso de los sistemas individuales para que se produzcan
derivaciones desde estos modos al colectivo.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


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