Gestión privada, gestión pública y transporte.
No es ningún principio de validez
universal que la gestión privada es en todos los casos movilizadora de
eficiencia como tampoco es un precepto que toda gestión estatal es signo de
ineficiencia, pero entre la primera y la segunda hay una gran diferencia sobre
la propiedad del patrimonio, en el primer caso se trata de patrimonio de
particulares, en el segundo caso del patrimonio de la sociedad y en esto es de
suma importancia hablar sobre los niveles de eficiencia, al final de los
finales nunca se explica masivamente sobre los motivos sobre los verdaderos
motivos que inspiran a los gobernantes cuando tienen que decidir sobre la
gestión privada o pública de servicios que en la tendencia ha prestado más el
sector público que el privado, además de la razón obvia de los buenos negocios
privados que disparan estas iniciativas públicas los que a los ojos normales
tampoco es totalmente visible, cuál es mejor, una pregunta de respuestas
relativas parece tener una respuesta contundente en el caso de nuestra aldea,
hay iniciativas que no tendrían que ser nunca privadas por las características
de los servicios que son o están cerca de ser servicios públicos, por otro lado
no se les puede entregar emprendimientos de gran porte a empresarios nacionales
que ni siquiera son eficientes en sus explotaciones no se les puede entregar a
empresarios extranjeros porque son de por sí especuladores que mezclan costos y
beneficios sociales y privados, tercero si se entregan a extranjeros restan las
condiciones que no lesionen los intereses nacionales, no hay reglas que
permitan responder con precisión la pregunta pero sí hay instrumentos que
distinguen las gestiones buenas de las malas, solo hay que aplicarlos.
Cledis Candelaresi escribe que Aerolíneas
Argentinas tiene un valor de mercado próximo a los 1400 millones de dólares,
según sostienen en la compañía. En su último balance, del 2006, ese monto se
reduce a casi 400 millones de dólares. Después de varias crisis, y aún con más
del 85 por ciento del mercado de cabotaje en su poder, la privatizada es un
gigante enfermo. Tiene una estructura sobredimensionada y programas de vuelos
quebrantados por los recurrentes conflictos gremiales y una flota escasa y
antigua, que sólo puede revitalizarse con millonarias inversiones. A los
desaciertos históricos de sus gerenciadores privados, se suman ahora los mismos
problemas que aquejan al resto de las competidoras que operan en el mercado
doméstico: costos dolarizados en alza e ingresos en pesos. Uno de los grandes
interrogantes es cómo, una vez más, el Estado acudirá en su auxilio. Aerolíneas
Argentinas, en manos del grupo hispano Marsans, aún no superó formalmente el
concurso de acreedores en el que ingresó tras la fuga de la española Iberia.
Restan algunas cuestiones menores para clausurar esa instancia judicial. En su
afán de buscar una salida política que comprometa al gobierno español, el
Gobierno archivó una denuncia penal formulada por el Ministerio de
Planificación contra la conducción del despedido Antonio Mata. La causa era por
presunto desvío de cientos de millones de dólares, que el fisco español había
aportado para solucionar el desequilibrio financiero que asfixiaban a la
compañía en el 2001. El problema ahora es que la empresa que dirigen los
españoles Gerardo Díaz Ferrán y Gonzalo Pascual sigue perdiendo un mínimo de
100 millones de pesos por año. El dato, proporcionado a Cash por una importante
fuente de AA, tiene especial envergadura en la actual coyuntura, cuando el
Estado anunció que elevará su actual participación del 5 al 20 por ciento en la
compañía. La mayor dificultad no es fijar el precio de ese paquete adicional.
Según el acuerdo suscripto entre el Estado y Marsans, la cotización de esas
acciones debe corresponderse con el valor libro. En este caso, el que surge del
balance 2006, unos 394 millones de dólares. Entonces, esa mayor participación
estatal equivale a unos 59 millones de dólares. Un poco más difícil será
acordar cómo pagará el Estado esas acciones. Planificación aspira a canjearlas
por deudas impositivas computada a favor de la AFIP, pero ese trueque no parece
tan fácil. Al menos en público, Aerolíneas no sólo desconoce esas obligaciones
sino que contrapone una demanda al fisco por saldos técnicos a favor del IVA.
Ese saldo emerge, como el resto de las líneas aéreas, porque paga 21 por ciento
sobre todos los insumos que compra, pero los pasajes están gravados con el
10,5. Esto genera un saldo a favor de la compañía que, según sus responsables,
a la fecha suma cerca de 100 millones de pesos. El verdadero desafío para el
Estado será cómo influir en los destinos de una empresa que tuvo que suspender
los vuelos a una codiciada ruta a Nueva York, simplemente, porque no tiene
aviones suficiente. En este, como en otros casos, esa propuesta errática
desalienta a los pasajeros de bussines, la clase que acerca mayores ingresos.
La flota de Aerolíneas es poca y antigua, lo que la obliga a hacer cuantiosas
inversiones para renovarla y poder competir. Marsans promete incorporar algunas
aeronaves a condición de que el gobierno le ayude a garantizar de que no habrá
conflictos gremiales por cinco años con los sindicatos que nuclean a los casi
ocho mil trabajadores que integran su plantel. Aún si los accionistas honraran
esa promesa, esas aeronaves integrarán el patrimonio del accionista español y
serán “cedidas” en alquiler a AA, cuya situación económica financiera le impide
salir al mercado a negociar una compra o leasing. El 50 por ciento de los
ingresos totales de Aerolíneas provienen de los vuelos internacionales, con
precios libres y dolarizados. Pero con las limitaciones de flota, la compañía
no puede aprovechar esa situación. A pesar de que sus pocos vuelos al exterior
suelen ir completos, no está en condiciones de atender la demanda insatisfecha
a destinos tan solicitados como Madrid o Roma. Una restricción similar enfrenta
en el mercado doméstico, que domina ampliamente. Hoy existe un 20 por ciento
menos de pasajeros que hace diez años, pero esta plaza ofrece una gran
potencialidad, en particular por la creciente afluencia de turistas
extranjeros. Aquí el margen de maniobra comercial es menor, ya que las tarifas
están reguladas por el sistema de bandas, con precios máximos y mínimos. Hoy,
todas las líneas que operan en el mercado utilizan el tope de la banda y
necesitan una expresa autorización de la Secretaría de Transporte para aplicar
un aumento. Por eso la dupla Aerolíneas-Austral, Lan, Sol y Andes reclaman por
la desregulación tarifaria. Según sostienen las compañías, esa libertad permitiría
componer comercialmente un vuelo con un mix de precios muy diversos que, en
cualquier caso, implicaría un mayor flujo de caja para las empresas. Lan Chile,
que maneja libremente el valor de sus pasajes, ofrece un ejemplo de qué podría
resultar de esa arbitrariedad patronal. Entre las localidades trasandinas de
Santiago y Antofagasta existe la misma distancia que entre Buenos Aires y
Neuquén. Pero el rango de costo de pasaje es totalmente distinto. Ambos tramos
tienen un valor mínimo de 180 pesos (ida), pero difieren en el máximo: puede
subir hasta 308 para llegar a la capital del sur argentino pero hay que oblar
hasta 1700 pesos para alcanzar el norte chileno en el tramo tarifario más caro.
Otro obstáculo para mejorar las cifras del renglón utilidades del balance lo
ofrece el combustible aéreo, cuyo precio fluctúa libremente. Tras la
devaluación aumentó más que el dólar, y tiene valores muy heterogéneos dentro
del país y en relación a otras naciones. Hoy resulta más caro abastecerse en
Calafate que en Estados Unidos, por ejemplo. En compañías aéreas extranjeras,
el JP1 representa el 20 por ciento de los costos totales. Pero localmente esa
proporción sube a casi la mitad. Abaratar la aeronafta forzaría al Gobierno a
una puja con las petroleras, básicamente con Repsol, principal proveedora de
ese combustible. Para AA el mayor desvelo de coyuntura es cómo contentar a los
trabajadores nucleados en siete gremios, con los que las distintas conducciones
empresarias celebraron alianzas que luego terminaron vulnerándose. Un ejemplo
reciente es el complejo vínculo con APLA, la Asociación que nuclea a los
pilotos a Aerolíneas. El gremio liderado por Pérez Tamayo consiguió que la
compañía destinara más de 12 millones de pesos para la apertura de un retiro
voluntario, con la intención de que se acogieran a él los que no acataban
medidas de fuerza. Luego logró una reinterpretación del convenio que redujo el
máximo de horas mensuales trabajadas a 50, por debajo de los estándares
internacionales. La suma de lo uno y lo otro dejó a la compañía con pocos
pilotos, obligó a reprogramar vuelos y la puso en situación de ser sancionada.
La aerolínea que gozó de mucho prestigio en la era estatal, vuelve a estar
entrampada. Y en este cuadro cobran cuerpo las sospechas de vaciamiento, que se
sucedieron desde la privatización cuando empezó su derrape. En ese contexto,
aparece el riesgo de que Marsans intente desmembrar a Aerolíneas, transfiriendo
los vuelos domésticos a Austral, compañía que es ciento por ciento de su
propiedad, mientras que los vuelos internacionales sean reorientados a Air
Comet, también del grupo español. Los restos pretendería que caigan en manos
estatales. Para continuar así con una de las privatizaciones más escandalosa de
la década del noventa, que sigue ofreciendo capítulos para completar una
historia de despropósitos. Diciembre de 2007.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


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