manifiesto
Manifiesto, sin palabras la basura
MIGUEL WIÑAZKI el odio con nombre y apellido de uno entre las decenas de miles
que piensan que nos tienen de rehenes bobos y boludos, alguna vez deberían algunos de los famosos representantes del pueblo hacer un proyecto de ley para castigar a los que como este envenenan la opinión pública inoculándola.
Es obvio que la tortuga sideral
y los elefantes gigantes que sostienen esta superficie horizontal que es la tierra
sufren desde siempre la conspiración, la difamación y el ninguneo de los medios
hegemónicos. Para propiciar el lucro del capital concentrado inventaron esa
infamia de que la tierra es redonda y han blindado a esos estafadores de
Copérnico y de Galileo y los otros mentirosos que los sucedieron. Los
terraplanistas de la política padecen del mismo modo las calumnias de fiscales,
periodistas, y del Imperio que los incriminan por lo que no hicieron y alumbran
planes descabellados desde la cárcel (aunque en algún punto eficientes) para
borrar de la faz de la opinión pública la causa de la ruta del dinero y de los
cuadernos que los atormenta en su virginidad jamás profanada por la indecencia,
según lo que propagan ellos de sí mismos. En la Argentina hay que instrumentar
una disciplina necesaria: la criminología política. Es necesario tratar de
detectar cómo funciona la cabeza de aquellos delincuentes que desde la cárcel y
con sus cómplices fuera de ella tratan de urdir infamias para lograr lo que
casi consiguen cuando todos estaban libres y en el poder: el crimen perfecto;
es decir: robar a cuatro manos y aun así ser alabados por millones. La villanía
no repara en urdir cualquier cosa para enmascararse. La operación para desviar
la atención de la causa de los Cuadernos y de la ruta del dinero K no es otra
cosa que ese artilugio consistente en depositar en los demás la mala fe que los
ultrachorros de la política supieron tener. El ultrachorro, o ultrachorra, es
un modelo de malhechor a gran escala: no le roba a uno a dos o a diez; el
ultrachorro chorea a millones de personas. Y después de eso incrimina
falsamente a los demás. Los incriminados van por todo. Son terraplanistas
teatrales, la obra se llama “Somos carmelitas descalzas”. Y lo demás no importa
nada, ni siquiera que la Corte Suprema haya confirmado la prisión preventiva de
Cristina Fernández de Kirchner, en relación al Pacto con Irán, el acuerdo con
ese país que persigue a las mujeres, a los homosexuales, a todos los
opositores, y que diseñó según la Justicia el atentado contra la AMIA junto a
secuaces locales Hay manos ensangrentadas en ese pacto. Pero a las carmelitas
descalzas escondidas debajo de la ideología no les importa eso. Ni tampoco los
85 muertos de aquel bombazo, ni los heridos a granel, ni la atrocidad del final
de Alberto Nisman. La dramaturgia K se reitera en diversas salas al aire libre.
En Avellaneda un grupo de actrices, de actores y de “intelectuales” defensores
del agónico dictador Nicolás Maduro, inauguraron la plaza “República Bolivariana
de Venezuela”. Fue una función de bolivarianismo satelital sedimental pero
también de repudio abierto a la democracia y a la libertad. Son los mismos que
refutan al periodismo en su conjunto y que ensucian a cualquiera que se atrevió
a investigar sus perversiones. Son colaboracionistas del saqueo bolivariano, de
los tormentos de los presos políticos torturados por orden de Nicolás Maduro.
Desdichadamente, los tiranos no son una novedad en el mundo, pero la perseverancia
de los que militan en favor de los ultrachorros argentinos para defender a los
opresores venezolanos es muy llamativa. ¿O no es nada llamativa y simplemente
-en el caso de algunos de los más notorios- están rentados por el régimen? La
criminología política indica que algunas formas de militancia son un atajo
artero para cobrar (en especies diversas) a cambio de propalar discursos en
favor del autoritarismo. Todo sugerido desde Caracas a sus voceros argentinos,
que reciben la paga sin complejos y con entusiasmo revolucionario. Criticar esas
aberraciones no significa justificar nada, ni a la inflación que no cesa ni a
la pobreza que no desciende ni a Donald Trump ni nada. Esa es la falacia
teatral de los terraplanistas de la política: actúan como angelitos y acusan a
demonios inventados. Mientras, siguen descansando sobre el caparazón de la
tortuga gigante y de los lomos de los elefantes gigantes que los sostienen en
sus fabulaciones interesadas. Es complicado. Construyen un teatro del absurdo,
confunden, levantan una torre de Babel para encerrarnos a todos en esa ceguera
de las lenguas, en esas telarañas con las que nos quieren enredar a todos en
las mismas villanías. Se le atribuye al genio de Eugene Ionescu, uno de los
inventores del teatro del absurdo, una frase sugerente: “Las ideologías nos
separan, los sueños y las angustias nos unen”. Podría reformularse el aforismo
en clave Argentina: las falsas ideologías nos confunden, convierten los sueños
en pesadillas, y la angustia no se va.
Etiquetas: manifiesto


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