Modelos y transporte.
Transcripciones. (Verónica
Ocvirk). Los subsidios no son todos iguales. Su aplicación en la energía
eléctrica podría resultar contraproducente si una tarifa demasiado barata
estuviera alentando a los usuarios a exagerar en el uso del aire acondicionado
o iluminar sus viviendas como si se tratara de estadios. Y lo mismo sucede con
el gas, cuya tarifa residencial debe atender a lo que los ciudadanos pueden
pagar y, a la vez, promover un consumo sustentable y la propagación de equipos más
eficientes. El caso del transporte público es distinto, porque allí no hay
derroche posible: nadie hace un mal uso del servicio por el hecho de que sea
barato. Según la última encuesta de movilidad domiciliaria en el Área
Metropolitana de Buenos Aires (Enmodo 2009/2010) los motivos de “trabajo”,
“estudio”, “llevar los chicos a la escuela” y “salud” explican sumados el 75
por ciento de los viajes urbanos. Por eso existen sobradas razones para
subsidiar el transporte público: porque se trata de un sistema que facilita la
accesibilidad de personas, bienes y servicios y porque incentivarlo va en
detrimento del auto particular, lo que reduce congestiones y contaminación.
También porque la movilidad es en última instancia un derecho, una necesidad
que condiciona la realización de casi cualquier actividad. Pero reducir lo que
pagan los usuarios del transporte mediante compensaciones tarifarias del Estado
tiene además un impacto distributivo enorme, ya que implica transferencias de
ingresos a los trabajadores. En otras palabras: el subsidio al transporte es
salario indirecto. De ahí que los aumentos hayan desatado en más de una
oportunidad la reacción de la población, como el que en diciembre de 2013 animó
a los habitantes del DF mexicano a lanzar la campaña “PosMeSalto” (que alentaba
a los usuarios del Metro a saltarse los molinetes para protestar por el
incremento de 3 a 5 pesos en el pasaje); o el que el 20 de junio de ese mismo
año provocó la salida a la calle de más de un millón de personas en 80 ciudades
brasileñas en una manifestación que, si bien fue acumulando luego otros
motivos, estuvo inicialmente empujada por el Movimiento “Pase Libre” ante la
suba de veinte centavos de real en el boleto de colectivo de San Pablo. Los
aumentos de las tarifas de colectivos, trenes y subtes que comenzaron a regir
en el AMBA el 8 de abril significan una fuerte embestida contra el bolsillo. La
metodología empleada para estudiar costo del transporte en relación al ingreso
de los trabajadores durante la gestión de Florencio Randazzo al frente del
Ministerio de Interior y Transporte (y que analizó esta relación para un
período de ocho años, tal como ilustra el libro Desafíos del Transporte,
publicado por esa cartera junto al Instituto Argentino del Transporte)
demuestra que el reciente tarifazo perjudica principalmente a las personas de
menores ingresos, donde el gasto en viajes tiene un peso mayor en la canasta de
consumo. Siguiendo esa metodología es posible calcular que para el área de la
CABA el impacto del boleto en el ingreso medio alcanza hoy un 4,16 por ciento
(304 pesos), mientras que en 2015 representaba casi la mitad: un 2,2 por ciento
de acuerdo a los 160 pesos que costaban dos viajes diarios en colectivo durante
25 días hábiles. En cuanto al primer y segundo cordón del conurbano, el gasto
post tarifazo para viajar a la Capital asciende a un 10,6 por ciento del
salario con un gasto de 437 pesos mensuales si se consideran dos colectivos y
dos trenes diarios para los tres primeros deciles y dos viajes y medio de
colectivo y uno en tren para el resto de los deciles. El año pasado esa misma
cantidad de pasajes implicaba un presupuesto mensual de 230 pesos: un 5,7 por
ciento del ingreso familiar medio de los partidos del Gran Buenos Aires. Pero
el golpe más fuerte se registra para los viajes del tercer cordón a la CABA:
una gran cantidad de trabajadores que diariamente se desplazan desde Lujan, La
Plata, Gral. Rodríguez, Escobar, Zarate y Pilar. Si bien el porcentaje de
aumento fue para este tramo menor (alrededor de un 60 por ciento, contra el 100
por ciento de la CABA y el primer anillo) el gasto en transporte comenzó a
insumir un 15,9 por ciento del salario si se toma en cuenta el ingreso medio de
La Plata y dos viajes diarios en colectivo hacia la Capital con un gasto mensual
de 850 pesos, lo mismo que en 2015 costaba 531 pesos y significaba 10,4 por
ciento del sueldo. Cuando en diciembre de 2000 las tarifas de trenes, subtes y
colectivos registraron incrementos de entre el 7,1 y el 28,5 por ciento el
entonces secretario de Transporte, Jorge Kogan, apeló a una definición poco
feliz para justificar la medida. “El aumento no afecta a los más pobres, porque
estos directamente no viajan”, sostuvo el funcionario en una entrevista a
Páginað12 . Sin el componente antidiscriminatorio aunque con una falta de tacto
equivalente, el actual ministro de Transporte, Guillermo Dietrich, consideró
que la suba “no es tanta en términos de plata”. La vicepresidenta de la Nación,
Gabriela Michetti, señaló en referencia al tema que “de las cosas de las que el
Estado no puede hacerse cargo, porque en definitiva no le corresponde, las
tiene que pagar el ciudadano”, agregando que la necesidad de elevar las tarifas
se debió” al nivel de demagogia y populismo” del anterior gobierno. La
ortodoxia económica suele asociar a los subsidios con medidas negativas para la
estabilidad fiscal, no obstante se trata de una herramienta vital a la hora de
incentivar el consumo cuidando el poder adquisitivo del salario. En el caso del
transporte público automotor de pasajeros del AMBA la recaudación por cobro de
boletos cubría previo al 8 de abril cerca del 35 por ciento de los costos,
completando el resto el Estado Nacional vía compensación tarifaria y a través
de la provisión de gasoil a un precio diferencial. No se trató de una medida
coyuntural, sino de una decisión explícita signada por una política fiscal
expansiva. Tampoco fue el de Buenos Aires un caso único: la recaudación vía
cobro de boletos en los sistemas de transporte europeos corresponde también a
una fracción menor de los costos, que en Amsterdam equivale al 38,4 por ciento,
en Madrid a un 40 por ciento y en París y Estocolmo a un 38 por ciento según
datos para 2012 del European Metropolitan Transport Authorities. Se ha señalado
que los subsidios desincentivan a las empresas a mejorar su servicio, pero las
anteriores autoridades nacionales ajustaron en 2012 los criterios de
asignaciones al sector condicionándolas a criterios como el parque automotor,
la cantidad de empleados, los pasajeros transportados y los kilómetros
recorridos. Una parte de la información necesaria para asignar los subsidios
provenía previamente de las declaraciones juradas de las propias empresas, pero
desde ese año en adelante los datos de recaudación, pasajeros, kilómetros y
velocidad comercial comenzaron a ser aportados por el SUBE, un mecanismo que
lejos de constituir una pesada herencia representa un valioso instrumento para
la asignación eficiente de recursos. El desequilibrio entre los precios del
transporte público del AMBA y el resto del país es otra de las cuestiones que
se han reportado como problemáticas para reprobar el esquema tarifario que
rigió antes de las subas. Se planteó incluso que se trataba de un “desmadre
tarifario”, pero a los efectos de analizar esa diferencia es preciso considerar
que, si bien los costos del transporte son similares, en el AMBA son pagados
por una mayor cantidad de pasajeros. Por otro lado son las autoridades de las
provincias (gobernadores e intendentes), quienes deciden tanto el precio de
boleto como las gratuidades. Por caso en Córdoba funcionan el Boleto Educativo
Gratuito y el Boleto Obrero, que los pasajeros que abonan la tarifa completa
están pagando en forma solidaria. En los pasajes con Atributo Social es en
cambio el Estado el que en forma directa paga el diferencial del costo. ¿Es
deseable un transporte público gratuito? Sin dudas, si lo que está en la mira
son ciudades más sustentables e igualitarias. El experimento más resonante de
los últimos tiempos tuvo lugar en Talinn, Estonia, que en 2013 se convirtió en
la primera ciudad europea en ofrecer transporte sin cargo a todos sus
habitantes. Sin embargo la experiencia no ha sido demasiado exitosa a la hora
de sumar pasajeros, y según expertos existe el peligro de desfinanciar el
sistema hasta el punto que pierda calidad y termine por desalentar a los
usuarios. Queda entonces debatir cuál debe de ser la magnitud del gasto público
destinado a los subsidios de transporte, una decisión que quienes gobiernan
tendrán tarde o temprano que sincerar transparentando cuál es el eje de su
política económica y en definitiva, su modelo de Estado.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio