Uso del suelo transporte y movilidad.
Por ahí tienen que ir las políticas, la planificación del transporte, la subordinación de la propiedad
privada a la propiedad común fue funcional a los objetivos de las clases
privilegiadas para el uso del suelo en sus orígenes, fue la forma de resolver
sin traumas sociales las predisposiciones naturales a realizar la subordinación
inversa que obviamente se resuelve de hecho, de cualquier manera las
concesiones que se hicieron permitieron el afianzamientos de los rasgos
sobresalientes de las ciudades modernas que no son el producto de planes de
negocios o premeditaciones políticas, sino más bien el resultado de decisiones
aleatorias y desordenadas que se tomaron en las alternancias de gestiones
gubernamentales y permitieron incompetencias institucionales para impedir las
radicaciones informales en los predios más descuidados de las metrópolis
mientras los procesos de localizaciones urbana en lugares más alejados
continuaba, por eso la movilidad más que el transporte siguen más un patrón
caótico que uno de orden.
Transcripción. A raíz de la
publicación de Teorías e Historia de la Ciudad Contemporánea (2016, Editorial
Gustavo Gili), conversamos con su autor, Carlos García Vázquez, quien ha desarrollado
una intensa investigación centrada entre 1882 y 2007 sobre esa ‘criatura
incierta’ y compleja que es la ciudad, en tres tiempos: Metrópolis, Megalópolis
y Metápolis. Centrado en el análisis de quienes “tradicionalmente han lidiado
con los aspectos espaciales” (sociólogos, historiadores y arquitectos), este
libro expone las fuerzas sociales, económicas y políticas que estructuran para
sus propios intereses la planificación, transformación, explotación y
desarrollo de la ciudad. En 120 años, la urbe pasó de ser el lugar donde “la
gente se moría de ciudad” a inesperado símbolo de desarrollo personal y
prosperidad económica, pero, ¿realmente triunfaron las ciudades? “Sí”, plantea
García Vásquez en esta conversación, pero pagamos un alto precio.
¿Por qué leer la ciudad bajo el
prisma de sociólogos, historiadores y arquitectos?
Carlos García Vásquez (CGV): La
ciudad contemporánea es una criatura compleja, difícil de descifrar desde una
única disciplina. En ella conviven personas, edificios, infraestructuras,
percepciones y sentimientos, por eso ha sido objeto de análisis de múltiples
disciplinas: la economía, la política, la psicología, la semiótica y, por
supuesto, la arquitectura y el urbanismo. Yo comencé a estudiarla hace 20 años,
cuando hice mi tesis doctoral, y siempre deseé tener a mano un texto que
organizara críticamente todas esas fuentes de conocimiento.
Teorías e Historia de la Ciudad
Contemporánea es un intento de responder a ese deseo, y los tres profesionales
que tradicionalmente han lidiado con los aspectos espaciales de la ciudad han
sido los sociólogos, los historiadores y los arquitectos.
¿Por qué esta drástica
transformación de la ciudad sucede en la Revolución Industrial?
CGV: En realidad el libro no
comienza con la Revolución Industrial, sino con la Segunda Revolución
Tecnológica, la de los motores de gasolina y eléctrico, que se produjo en la
década de 1880. Desde mi punto de vista es entonces cuando nace la ciudad
contemporánea, la Metrópolis, un ente radicalmente complejo.
CGV: La burguesía, detentadora
del poder, intentó organizar y gestionar la ciudad para evitar, entre otras
cosas, que miles de personas siguieran “muriendo de ciudad”.
¿Cómo canalizó la burguesía esa
transformación?
CGV: En realidad se trató de un
acuerdo a tres bandas, un acuerdo que se configuró en torno a un objetivo que
había sido marcado por las grandes empresas monopolistas: conquistar los
mercados internacionales. Esto fue especialmente evidente en Alemania: AEG
necesitaba vender turbinas en Francia; ThyssenKrupp, acero en Estados Unidos; y
Siemens, transformadores en Gran Bretaña.
Sin embargo, la gran amenaza era
la conflictividad de la clase obrera, que en aquellos años ya había sido
concienciada de su poder por el marxismo. La burguesía, la elite económica, le ofreció
mejores salarios y beneficios sociales (seguros de enfermedad, jubilación,
etc.). El gobierno aprobó leyes que humanizaron el mercado laboral (limitación
de la jornada a ocho horas, prohibición del trabajo infantil, etc). Y la clase
obrera se dedicó a producir. En definitiva, burguesía, gobierno y trabajadores
decidieron caminar juntos en pos de un peligrosisimo nacionalismo económico que
les conduciría a dos guerras mundiales.
¿Realmente triunfaron las
ciudades?, ¿quién las hizo triunfar?, ¿qué triunfó exactamente?
CGV: Triunfaron. Las hizo
triunfar el capitalismo moderno, que las necesitaba como centros de decisión,
producción y distribución. Pero también triunfó un modelo de vida.
Inesperadamente, la gente encontró en ellas cosas que acabaron siendo
esenciales para su felicidad personal: la libertad, el anonimato,
oportunidades… en definitiva, una vida interesante que les permitía realizarse.
Es cierto que también pagó un alto precio por todo ello: soledad,
inestabilidad, confusión, pérdida de identidad… Pero valió la pena, hoy lo
sabemos.
Desde el conflicto de los
sociólogos a fines del siglo XIX en Chicago, la migración es un factor
constante en su análisis. ¿Cuál ha sido su rol?
CGV: Depende. La identificación
inmigración-ciudad es relativa: es cierta cuando nos referimos a los
movimientos campo-urbe; pero no lo es tanto cuando nos referimos a los
movimientos trasfronterizos. La llegada masiva de inmigrantes extranjeros no se
produjo hasta finales del siglo XIX, y a ciudades muy determinadas, como
Chicago o Nueva York. En la década de 1930 Hitler todavía se extrañaba de ver
personas de raza negra por las calles de Berlín. Incluso hoy hay muchas grandes
ciudades donde la presencia de inmigrantes extranjeros es escasa, lo cual es
lógico en lugares donde la situación económica no lo permite, como El Cairo o
La Paz, pero más difícil de entender en ciudades ricas como Tokio o Seúl. En
estos casos la única explicación es de carácter cultural. En definitiva, el
binomio ciudad-inmigración es relativo.
¿Por qué se racionalizó la
metrópolis?
CGV: La base de pensamiento desde
la que la burguesía reaccionó a la irrupción de la Metrópolis fue el
positivismo, una filosofía que confiaba a la ciencia y la técnica la solución
de todos los problemas. Se puso en marcha entonces un proyecto de
racionalización top-down en el que estuvieron involucrados políticos,
empresarios, profesionales y la gente en general. Así nació, en los estertores
del siglo XIX, la sociedad moderna.
La cotidianidad de una joven que
viviera en un suburbio berlinés en torno a 1900 era muy similar a la de una
joven de hoy en día: se levantaría a las 6 de la mañana, tomaría un tren de
cercanías a una de las estaciones centrales de la ciudad, enlazaría con la red
de Metro, que la llevaría a un gigantesco edificio de oficinas donde
trabajarían cientos de personas. Esta forma de vida -racional y moderna-
existía hace ya 140 años. Los arquitectos necesitaron 40 años más, hasta la
década de 1920, para darle una expresión espacial. No ocurrió lo mismo con ingenieros,
sociólogos o geógrafos, que supieron reaccionar inmediatamente. Fue nuestro
gran fracaso histórico.
¿Por qué reaccionamos tan tarde?
CGV: Por ceguera. No fuimos
capaces de ver la sociedad moderna que comenzaba a rodearnos. Encerrados en las
torres de marfil de la academia, seguimos pensando que las fuentes de la
arquitectura eran, ante todo, el arte y la historia. Y eso ya no era verdad, el
mundo estaba capotando, y lo que quedaba bocarriba eran la ciencia y la
tecnología. Por eso no supimos lidiar con la avalancha de nuevas tipologías que
se nos vino encima, las tipologías de la modernidad. El resultado fueron
ultratecnificadas estaciones de tren neoclásicas, complejisimos centros
comerciales neogóticos, revolucionarios hoteles neobizantinos, multitudinarios
locales de ocio neorenacentistas… Dejamos la metrópolis plagada de cadáveres,
los hermosos cadáveres de nuestra propia derrota.
¿Cómo se desarrollaba la ciudad
antes de la zonificación?
CGV: La zonificación es la base
del urbanismo moderno, que nació en Prusia en la segunda mitad del siglo XIX.
Evidenció un cambio de paradigma: a partir de entonces la ciudad sería
contemplada como un ente productivo. La prioridad era que funcionase, y el
pensamiento cartesiano de la época entendió que la manera de conseguirlo era
especializando los barrios en actividades concretas: zonas residenciales, zonas
industriales, zonas comerciales…
Hoy sabemos que esto no funciona.
La zonificación ha traído a nuestras ciudades los barrios dormitorios,
solitarios centros urbanos en días festivos y congestionados distritos de
oficinas en horarios laborales. Ello explica que el urbanismo contemporáneo
haya redescubierto la ciudad tradicional, la ciudad pre-zonificada o, mejor
dicho, zonificada verticalmente y no horizontalmente. En la Edad Media
actividades distintas se desarrollaban en el mismo espacio urbano, básicamente
porque la casa medieval era un apilamiento de tareas: la tienda y el huerto en
la planta baja, el taller en la primera, la vivienda en la segunda, el almacén
en la tercera. El resultado era una ciudad eficiente y viva a todas horas del
día.
La higiene de la metrópolis es
algo totalmente interiorizado, pero fue una realidad recién en la primera mitad
del siglo XX. ¿Cuál fue el cambio de paradigma?
CGV: Más que un cambio de
paradigma se trató de una primera reacción a la ciudad resultante de la
Revolución Industrial, una ciudad donde, como decíamos, “miles de personas
morían de ciudad”. En 1913 tan sólo el 42% de los jóvenes berlineses fue
considerado apto para hacer el servicio militar, un porcentaje que ascendía al
66% en el caso de los procedentes de áreas rurales. Es comprensible que el
estupor que produjo este hecho (hasta entonces los habitantes de las ciudades
habían disfrutado de una mejor calidad de vida que los del campo) incitara a
muchos a pensar que el problema de las ciudades era básicamente sanitario, es
decir, un asunto más de médicos que de arquitectos.
Hablemos sobre la especulación de
suelo. ¿Cómo evolucionó y en qué fase nos encontramos ahora?
CGV: La ciudad contemporánea
nació como un gran negocio. A finales del siglo XIX los propietarios de suelo
eran auténticos depredadores. Y lo escandaloso es que los primeros urbanistas
les ofrecieron herramientas para organizar su festín y evitar que los
especuladores se devoraran entre sí. La Carta de Atenas, la biblia del
urbanismo moderno, acabó con todo esto, dictaminando que el interés privado
debía subordinarse al colectivo o, lo que es lo mismo, que el estado debía
tomar el mando.
Tras la Segunda Guerra Mundial
los gobiernos socialdemócratas europeos asumieron ese dictado, estableciendo la
siguiente regla del juego: el suelo permanecería en manos privadas pero el
derecho a construirlo estaría bajo su control. Quizás ello explique la crisis
del planeamiento en la actualidad. En el libro se analiza el “urbanismo débil”
de hoy en día, el que no llega a prescribir con claridad, el que es susceptible
de ser permanentemente revisado, el que deja lagunas intencionadas para que
sean definidas por los especuladores globales. Este urbanismo es fruto del
modelo económico tardocapitalista, que ha redescubierto en la ciudad la gran
tajada de pastel de antaño.
En la sección Metrópolis se
presentan los principales casos de urbes utópicas, como la ‘Ciudad jardín’. Todo
eso parece haber desaparecido y ahora todos quieren reinventar tipologías
arquitectónicas. ¿En qué está la discusión?
CGV: Habría que matizar esta
afirmación. Por un lado es cierto que se experimenta en determinadas tipologías
arquitectónicas, como los edificios de oficina o los centros culturales; pero
también lo es que no se hace en otras, como la vivienda, básicamente porque su
definición ha quedado en manos del sector privado, que es muy conservador. Por
otro lado, es verdad que el modelo productivo tardocapitalista prima la
eficiencia, lo que resta espacio a los “visionarios”; pero también lo es que la
lógica cultural postmoderna es curiosa y exige novedades permanentemente, lo
que ha impulsado la experimentación con modelos urbanos.
En la última parte del libro se
mencionan algunos de ellos que han logrado posicionarse en el centro del debate
sobre la ciudad contemporánea. Como decía Eduardo Galeano: “La utopía está en
el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre
diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para
caminar”.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


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