Economías de escala y transporte.
Los principios primarios de los
rendimientos marginales decrecientes que son los pilares de las economías de
escala en muchas ocasiones se omitieron en las consideraciones sub estimadas de
los efectos del consenso de Washington, especialmente en los aspectos que
tienen que ver con los contrapuestos, es decir, con las deseconomías de escala,
porque así como funcionan en este caso para el transporte los rendimientos
crecientes y constantes a escala, es decir los aumentos en las producciones más
o igualmente proporcionales a los aumentos en las asignaciones del factor
variables y, en determinados puntos, de los factores más constantes que
variables, también funcionan los rendimientos decrecientes a escala que generan
que los costos marginales evolucionen por encima de los ingresos marginales en
contra de todas las lógicas de una gestión óptima, esto es parte de lo que fue
desconocido y negado con los enviones privatizadores de los noventa, y un
ejemplo puntual lo constituyó el FFCC.
Jorge Sánchez
- Hacia mediados de la década del ’40 el ferrocarril transportaba unos
35 millones de toneladas que se redujeron a 28 millones diez años después y a
22 millones a mediados de los ’70, cifra que es aproximada a lo que transporta
en la actualidad. ¿Y quién ganó presencia restándole cargas (y pasajeros de
larga distancia) al tren? Claramente fue el transporte carretero. La flota
automotor casi se triplicó en la década del ’60 y casi se duplicó en la del
’70. La red nacional y provincial de rutas pavimentadas, de casi 14.000 km en
1960, pasó a unos 28.000 km en 1970 y a 53.000 km en 1980. De esta forma,
centenares de localidades ganaron accesibilidad al ser pavimentados sus caminos
de acceso: sólo en los años ’60 más que se duplicó la cantidad de localidades
con accesos pavimentados, lo que siguió creciendo con fuerza en la década
siguiente. Así fue que durante los años ’60 el escenario se fue preparando para
que el transporte automotor le compitiera y le sacara cargas (y pasajeros de
larga distancia) al modo ferroviario que, en la actualidad, ha quedado limitado
a determinados corredores y a determinados tráficos y explica una porción muy
pequeña (5 o 6 por ciento) del total de las toneladas/km que se mueven en
nuestro país. Cabe preguntarse si esta pérdida de presencia ferroviaria en la
escena nacional podría haberse evitado con políticas públicas adecuadas. Aun
hoy se suele escuchar que sí y que se debería haber evitado su declive pero que
se careció de convicción, de decisión o, incluso, que se diagramaron políticas
adrede contra el sistema ferroviario. ¿Fue realmente así o fue que el
ferrocarril, como expresión de un estadio en el desarrollo del sistema de
transporte, tuvo un declive inevitable? Los avances tecnológicos en los
procesos productivos y en los sistemas de transporte que surgieron con
posterioridad al tren (oleoductos, automotor, aviones) y un crecimiento de la
industria liviana nacional, que redujo los volúmenes de los despachos, lo han
empujado a ser responsable de porciones menores de los tráficos de larga
distancia, tal como en su momento el ferrocarril desplazó a las carretas y
diligencias. Este no es un fenómeno únicamente local. Es interesante ver que la
pérdida de presencia del ferrocarril en la distribución modal de las cargas, en
todos los países con fuerte historia ferroviaria –con algunas excepciones como
Estados Unidos y Canadá–, lo llevó de ser el principal modo de transporte en
los tráficos de cabotaje a dejar su lugar al transporte carretero. Un ejemplo
de ello lo dan varios de los países que formaban parte del bloque socialista
europeo: hasta mediados de la década del ’90, el ferrocarril explicaba más de
la mitad de sus tráficos y hoy, motivo de los cambios políticos (y económicos)
ocurridos, ha reducido su participación hasta llegar a un 20 por ciento del
total, según estadísticas de Eurostat. La media europea se encuentra en un 18
por ciento, mucho más que el 5 o 6 por ciento que representa en la Argentina.
Si el ferrocarril expresa un momento en la línea de tiempo de los sistemas de
transporte, la pérdida de tráfico, al menos su pérdida parcial, es parte de un
proceso natural. Pero también es cierto que, especialmente en países similares
al nuestro, el ferrocarril retrocedió más de lo que se hubiera deseado con un sistema
articulado y eficiente de transporte: las políticas ferroviarias han sido
espasmódicas, pasionales, a todo o nada; y eso las alejó de la razonabilidad.
Ampliando una categorización hecha por Alberto Muller en “Racionalización en el
FF.CC. argentino: ¿qué se logró?”, se pueden distinguir tres conjuntos de
tráficos ferroviarios que se han perdido, total o parcialmente. 1. Un primer
conjunto que corresponde a una “tendencia natural” a irse del ferrocarril. 2.
Un segundo conjunto derivado de cambios en los procesos productivos de los
bienes a transportar o porque se trata de productos que han sido suplantados
por otros; y 3. Un tercer grupo cuyo transporte ferroviario se perdió por
deficiencias de gestión del sistema ferroviario o falta de incentivos para
adaptarse a un escenario de fuertes cambios en materia de elección modal de las
cargas. Vamos a concentrarnos en los dos primeros conjuntos, que son los que
explicaban porciones de tráfico muy importantes para los ferrocarriles. Entre
los tráficos “naturalmente” perdidos por el ferrocarril, tanto de cargas como
de pasajeros, se encuentran aquellos con distancias de viaje menores a los
150/200 km, donde el modo carretero presenta sus mejores performances, salvo en
el caso en que sean despachos muy grandes en viajes sin trasbordo, donde podría
seguir siendo transportado por el ferrocarril. En este conjunto está gran parte
de las “cargas generales” que incluyen una variedad muy amplia de productos, en
despachos poco voluminosos, muchos de ellos provenientes de la industria
liviana, tanto para consumo final como para insumos en otros procesos
productivos. Bebidas, cartones, indumentaria, bienes de la informática, forman
parte del enorme conjunto de productos que se engloban dentro “cargas
generales”. Industria liviana y transporte ferroviario fue un matrimonio que no
tuvo problemas mientras no hubo un tercero en discordia, como el camión. Entre
los ejemplos de tráficos perdidos por cambios en los procesos productivos o por
ser productos que dejaron de demandarse se encuentran los rollizos para la
industria del tanino (quebracho) o el vino a granel, entre otros muchos. La
industria del cuero era fuerte demandante de quebracho para producir tanino.
Cuando a mediados de la década del ’40 comenzaron a desarrollarse sustitutos
sintéticos en lugar del tanino, que se importaban por el puerto de Buenos Aires
y que luego se produjeron en esta zona, el tráfico de rollizos comenzó a
declinar. A esto hay que agregarle el aspecto ambientalista, inexistente hasta
no hace mucho tiempo atrás, que comenzó a limitar la explotación de ese tipo de
madera. El vino a granel es un ejemplo de cargas que se pierden por la
relocalización de las plantas envasadoras. A medida que se fue incrementando la
proporción de envasadoras de vino en origen se fue produciendo una
transferencia de despachos hacia el modo carretero, ya que los despachos se
redujeron, los destinos se ampliaron y el vino embotellado era infinitamente
más vulnerable a contingencias físicas. Como estos dos ejemplos hay muchos otros
que pueden mencionarse: el petróleo, derivado a los oleoductos desde inicios de
la década del ’70, el pescado, el guano, el ganado en pie. En todos ellos, la
“culpa” de la pérdida de cargas no fue del ferrocarril, más allá de las
deficiencias que mostró el sistema ferroviario. Incluso con una gestión
eficiente también se hubieran perdido. Entonces, ¿qué se hace? ¿Nos vamos
contentos a casa mirando al ferrocarril como una rémora del pasado, como una
pieza de museo o tratamos de ver si tiene algo que decir en la matriz de
transporte nacional? Claramente tiene mucho que decir. Si el ferrocarril tiene
ventajas las encuentra en topografías de llanura y para transportar grandes
volúmenes. Justamente nuestro país presenta esas dos cuestiones: es llano en gran
parte del territorio donde se desarrolla la red ferroviaria y mueve grandes
volúmenes de su producción, muchos de ellos de exportación, como los graneles
agropecuarios o los productos de la minería. No se trata de declamar “viva el
tren” o soñar con una red que lleve productos y personas por todos lados. Es
una industria que demanda muchas inversiones y presenta grandes costos de
mantenimiento. Por supuesto que tiene su lugar en el sistema de transporte de
Argentina, solo que debe dejarse de lado la visión nostálgica, que suele
generar proyectos inviables, para dar lugar a un análisis más racional de para
qué queremos al ferrocarril.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


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