viernes, 1 de mayo de 2015

Excedentes y transporte.



Justo ahí donde queda sin explicar los inexplicable, la teoría neoclásica de economía intenta una ilustración de la eficiencia social con las inconsistentes compensaciones de excedentes del productor y del consumidor, lo que no toman en cuenta sus defensores es que en términos generales al que ofrece siempre le sobra y que al consumidor siempre le falta entonces nunca el precio es el reflejo de lo que ellos dicen que es un acuerdo entre partes con transparencia y solidaridad entre seres racionales, en la oferta y demanda de transporte sucede lo mismo, los que montan una empresa privada para dar un servicio privado desplazándose sobre infraestructura que es de propiedad pública y por lo tanto de propiedad de la sociedad no son benefactores ni les interesa el bienestar social seguramente el negocio les cierra en algún lado que ellos no terminan de contar y el estado no les exige explicaciones porque además les facilita las leyes para que no lo hagan, los que consumen tampoco son transparentes porque las aparentes carencias terminan en distensiones complacientes de las manipulaciones con los precios, cuyo ejemplo emblemático fue la multiplicación por cuatro de la tarifa de subte que apenas coincidió con una disminución de demanda del 30% que no duró ni sesenta días en la oportunidad, tal vez cuando haya transparencia el juego de los excedentes que es un juego de créditos y débitos se cierre realmente, sirva para algo más que para dar más al que ya tiene y cada vez menos al que menos tiene, que encima paga peajes en baños públicos. Por ejemplo,

ROSA MONTERO (el País) escribe que para poder utilizar los servicios de la estación de tren de Sants, en Barcelona, hay que pagar cincuenta céntimos. Luego me han contado que al menos en Atocha (Madrid) también pasa lo mismo; pero era la primera vez que yo veía algo así y me quedé pasmada. Tal vez ustedes piensen que se trata de una nimiedad y que cincuenta céntimos no son nada, más allá de un fastidio; pero la facilidad con la que aceptamos lo inaceptable me desalienta aún más. Tenemos unas tragaderas prodigiosas; por ejemplo, recuerdo la pachorra con la que asumimos todos, yo la primera, los pinchos en los bancos contra los indigentes. En España hay 600.000 familias que no tienen ingresos y muchas más que ganan tan poco que no pueden ni pagar el alquiler; para ellos cincuenta céntimos son algo, sobre todo si se les exige a cambio de un derecho elemental. Me pregunto qué hará una madre apurada con varios niños meones al toparse con la puerta cerrada de los retretes; hablo de una de esas mujeres solas de economía precaria, formidables guerreras de la vida. Quizá ponga a los nenes a hacer pis en medio del vestíbulo. Poco a poco, nimiedad a nimiedad, vamos construyendo un mundo cada vez más desequilibrado e inhabitable: la indiferencia nos crece en la barriga como un cáncer mientras el mar deposita a nuestros pies mansas oleadas de muertos sin nombre. Por cierto, en Sants hay retretes gratis: están dentro, en la zona fina de los viajeros del AVE (es un clasismo de vejiga urinaria). Y es que ya se sabe que este mundo favorece a los ricos y estruja a los desposeídos: a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará. Un comportamiento de privilegio y rapiña tan habitual que hasta tiene un nombre en sociología: es el efecto Mateo.

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