Desarrollo regional y transporte
Si cuando fue la oportunidad por
medio de las políticas públicas se hubiera intervenido sobre los contratos
particulares de EXPO e IMPO, probablemente la integración regional en esta
aldea hubiera seguido un derrotero diferente, porque al final hasta ahora las
condiciones del desarrollo o el crecimiento económico visto regionalmente,
terminó con el diseño del centro y la periferia que diseñaron no solamente los
colonizadores de estos espacios sino también, los extranjeros que tuvieron
oportunidades de decisiones definitorias en formas, banco, y otros lugares
estratégicos de decisión, que priorizaron las desarticulaciones horizontales
regionales para conformar infraestructuras transversales de transporte de
cargas que favorecieron las formaciones de centros urbanos de concentraciones
de riqueza y de ingresos y de periferias empobrecidas que terminaron de
empobrecerse con las políticas neoliberales instrumentadas en los noventa del
siglo veinte, el desarrollo regional se estructuró en función de una
infraestructura de transporte que en todos sus modos fue más de tipo radial del
centro/periferia que nodal o interactiva.
Roxana Mazzola y Cecilia Larivera
- En Argentina los ferrocarriles han sido históricamente los estructuradores
radiales de la conformación del territorio nacional, con alta confluencia en
los nodos portuarios, por ser un medio de conexión de la producción al mundo.
La red ferroviaria de nuestro país, con 47.000 kilómetros de vías, es la más
extensa de Latinoamérica. Posee conexiones con Paraguay, Bolivia, Chile, Brasil
y Uruguay. Su desarrollo fue fomentado desde 1855 por capitales argentinos, al
que luego se sumaron capitales ingleses y franceses. La extensión de la traza
ferroviaria estuvo asociada al traslado de la producción agrícola y ganadera de
la región pampeana vinculada al modelo económico agroexportador, en una primera
instancia como tren de carga y luego como conformador de los núcleos
habitacionales, como transporte público de pasajeros. La mayor concentración de
ramales se dio en la Ciudad de Buenos Aires, en ese entonces centro de la
provincia de Buenos Aires. Por otra parte, en Rosario, se nuclearon las líneas
provenientes del Estado independiente de la Confederación Argentina. El
levantamiento de vías por recambio de uso, la desafectación de varios ramales y
el énfasis puesto en el transporte automotor fueron reduciendo su protagonismo
progresivamente. Sumado a ello, la desinversión por décadas puso en jaque el
uso de trenes, más allá de ser el medio habitual e indispensable de traslado
para amplios sectores populares del país. En el caso de la Región Metropolitana
de Buenos Aires, los trenes configuraron la malla radial que orientó el
crecimiento de la conurbación. Por mucho tiempo han prefigurado la estructura
urbana de la metrópolis, hasta que las autopistas ocuparon los espacios
vacantes, que vino a potenciarse luego con la materialización de la histórica
Av. General Paz, la ruta 4, el Camino del Buen Ayre, y por otra parte con la
Autopista Presidente Perón y la ruta 6, actualmente en proceso de construcción
y ampliación, respectivamente. La población residente de la Ciudad de Buenos
Aires permanece relativamente estanca en 3 millones de habitantes desde el
censo de 1980, pero la población diurna en jornadas laborales se duplica, ya
que la centralidad sigue siendo imponente en su jerarquía de atracción por
oferta de bienes y servicios. Trabajar en el centro, para quienes residen en la
periferia, se tradujo en una carga económica y hasta, por qué no, también
anímica. Se impuso una reasignación de sus salarios a los costos de movilidad.
Esto afecta tanto a quienes vienen en auto y asumen mayores costos en
combustible y estacionamientos privados en micro centro como a quienes se han
visto desplazados dentro de la misma periferia por tener que afrontar mayores
costos en la combinación de diversos modos de transporte, incidiendo
indefectiblemente en incremento de tiempos y perjuicios en los traslados.
Adicionalmente, tuvo réplica sobre las variables del mercado de suelo,
avanzando en la destrucción del patrimonio construido dentro del micro centro
para la habilitación de playas de estacionamiento. Concluyendo, la renta del
suelo supera los valores de oferta de servicios, por ende una playa o garaje
presentan mayor rentabilidad que un edificio. En los ’90 el modelo de
desarrollo urbano privado incentivó aún más el uso del automóvil particular.
Las familias que accedían al mercado formal de suelo y vivienda ponderaron
mayores distancias por sobre los parámetros de calidad de vida. Las que podían
accedían a nuevos barrios privados (countries, club de campo, barrios cerrados)
en la periferia, pero asumiendo el consecuente traslado diario a los centros
urbanos para trabajar. También algunos de ellos pudieron acceder a nuevas
modalidades laborales (desde el hogar a través de las nuevas tecnologías o con
nuevas sedes de las empresas en zonas más alejadas del centro). Ahora bien:
¿cuál ha sido la respuesta para quienes debían sostener trabajo presencial, o
movilidad laboral por el tipo de servicio ofrecido? ¿Qué pasó con quienes
seguían dependiendo del transporte público para la reproducción de su vida
diaria? La única alternativa estuvo atada a la oferta del transporte público
masivo, en las condiciones vigentes (inseguridad, frecuencia discontinua, mal
estado de los coches, poco confort) y con las combinaciones posibles
(colectivos, trenes, transporte privado). Durante cinco décadas el transporte
ferroviario vaciló entre la línea roja de la desinversión y el abandono. Hoy el
gobierno nacional, a través del Ministerio del Interior y Transporte, ha
recuperado los trenes privilegiando la iniciativa popular. El cambio es trascendente
y es una política pública activa que privilegia el acceso popular. Basta viajar
en el tren Mitre para notar la diferencia, una línea que recorre desde Retiro,
Cañitas, Belgrano para pasar por la Universidad de San Martín o llegar a José
León Suárez, una de las zonas más humildes de la provincia de Buenos Aires. De
los trenes con asientos rotos y en mal estado, pasamos a viajar en trenes con
aire acondicionado, asientos cómodos, pantallas con señalización de las
estaciones. El tren se ha convertido en un modo de traslado para todos los
sectores trabajadores. Es inevitable recordar que hace casi 70 años fue el
presidente Perón quien tomó la decisión política de nacionalizar los
ferrocarriles. Lamentablemente en la década del ’90 volvieron a ser administrados
por concesionarios privados, con importantes desvíos de recursos en la
tercerización del servicio. Está claro que hay diferencias entre el interés del
privado que privilegia una rentabilidad superadora, mientras el Estado debiera
promover el acceso a todos los ciudadanos, atendiendo a una tasa de retorno
social y no sólo económica que garantice su sostenibilidad. El Estado nacional
lleva invertidos 1200 millones de dólares en el gerenciamiento público de las
líneas ferroviarias, con importantes inversiones en la recuperación de vías,
estaciones, flotas y el sistema operativo de los ferrocarriles Sarmiento, San
Martín y Mitre. Este desarrollo estuvo asociado a inversiones viales para
reducir la cantidad de barreras urbanas, por ejemplo en la ejecución de pasos a
nivel y bajo nivel, iluminación y señalización de las vías, entre otros. Y
siguen las inversiones para la renovación del Roca y del Belgrano Cargas. A
ello se agrega que en los próximos días el Ejecutivo nacional enviará al
Congreso nacional un proyecto de ley para alcanzar nuevamente la
nacionalización de los Ferrocarriles Argentinos.
Etiquetas: políticas y planificación del transporte


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